La ola azul que se vivió en el país vecino hace unos días ha significado claramente una reacción en contra del agente naranja de la Casa Blanca. Sin embargo, tiene implicaciones discursivas y reales en verdad significativas y me pregunto si los electores las tendrán claras. El vuelco hacia la propuesta del partido Demócrata llevó consigo un apuntalamiento del discurso “woke” tan satanizado y perseguido por la ultraderecha internacional y especialmente por Trump y sus secuaces.

 

Somos testigos de algo inédito en ese país: la elección de la primer mujer latina, Gina Hinojosa, en el conservador Texas, bastión republicano y harto MAGA; la llegada de la primer mujer afrodescendiente, Keisha Lance Bottoms,  en el estado de Georgia -y de Estados Unidos-, uno marcado por la tradición esclavista; y, quizá lo más sorprendente, el gobierno de la primer mujer de los pueblos originarios de ese país, concretamente de la nación Laguna Pueblo en el estado de Nuevo México, llamada Deb Haaland.

 

También tenemos un nuevo gobernador en California, hijo de padres mexicanos, Xavier Becerra. Se suman a lo anterior el primer senador musulmán, Abdul El- Sayed por Michigan, Greg Pappas, el primer senador declaradamente gay por el estado de New Hampshire, entre muchas otras sorpresas. Se trata del “wokismo” al poder.

 

A mí me da mucho gusto que esas personas lleguen a cargos donde puedan desarrollar sus agendas y establecer un discurso que impacte al público, sobre todo a los más jóvenes, cuando lo que había prevalecido eran la exclusión, la persecución y la discriminación. Lo celebro en verdad; sin embargo, días después de la elección, estoy seguro de que muchas y muchos electores empezarán a tener dudas sobre lo que implicó su voto. 

 

Es decir, la participación electoral que vimos, en un buen porcentaje, vino de la reacción al malandrín de la Casa Blanca, pero no necesariamente a todos los intereses que representa. No viene de una construcción ideológica o de una convicción de cambio necesariamente, sino del hartazgo. Muchas y muchos que votaron hoy por los demócratas, mañana lo harán por los republicanos, sin problema pues en realidad no hay convicciones políticas detrás de su voto. 

 

De hecho, habrá quien no esté de acuerdo con tener musulmanes, afrodescendientes, homosexuales y nativos americanos en el poder y que apenas se estén dando cuenta de que eso lograron. Ese es el verdadero problema de un voto reactivo, no razonado y, sobre todo, que no descanse en una construcción ideológica. Esto es que, aunque no esté de acuerdo con lo que hace mi gobierno de tendencia izquierdista, jamás votaré a favor de la derecha simplemente por castigarlos porque esa no es mi ideología.

 

Debemos luchar en contra de los discursos de odio y de las violencias que trae consigo la ultraderecha, pero hay que hacerlo con convicción y con entera conciencia de la importancia fundamental de nuestro voto. Hoy, la democracia y su quehacer se encuentran en un callejón oscuro, amenazados por la ignorancia y la inmadurez producto de un sistema que ha buscado colocarlos ahí. Lo que sucedió en Estados Unidos es una pequeña luz en esa oscuridad, no debemos permitir que se apague.