En el portal de AJ+ se habló sobre el “racismo olfativo” que no es otra cosa que relacionar el olor con el color de piel. Y, según esta visión, mientras más oscura sea la piel, olerá más mal. A lo largo de mi vida, he escuchado personas que, con total certeza, afirman que la gente de determinado país o de tal o cual “etnia”, despiden un olor característico y que suele ser desagradable. ¿Esto es verdad, o está relacionado más bien con prejuicios de raza? 

 

Según Francoise Vergés, en un artículo para el portal de The MIT Press Reader,  la “construcción racial de un mundo inodoro y su conexión con las concepciones de lavado y limpieza describía cómo en Europa, se decía que los judíos, los gitanos, los irlandeses, los trabajadores y los campesinos tenían olores distintivos que los situaban fuera de un grupo civilizado. La comida y la higiene se convirtieron en marcadores a lo largo de una jerarquía racial de olores, que se consolidó a medida que se expandía el colonialismo”. Por tanto, como muchas otras de las entelequias coloniales construidas desde la hegemonía europea, el olor se suma a la lista de marcas raciales y geográficas que el mundo del “norte global” bien moderno y desarrollado, le atribuye a ese “sur global”, subdesarrollado, repleto de gente “no bonita” y, por supuesto, “apestosa”. 

 

De esta manera, la higiene y el buen olor se adosan al concepto de civilización ya que, una sociedad civilizada como dios manda, es limpia y huele bien; los salvajes, por el contrario, no tienen infraestructura suficiente para estar aseados, comen comida insalubre lo que contribuye al mal olor que despiden y ni siquiera les alcanza para comprar desodorante y perfumes.

 

Si añadimos a lo anterior que hay quien ha hablado de que el olor viene genéticamente determinado, bueno, pues tú que lees esto, como yo, bien mexicanos, de país tercermundista, garnachero y claramente no güero, pues apestamos a sope sancochado con sudor y olor a pies. No obstante, debo decir, que quien haya viajado a Europa, concretamente a España -que, según los hispanófilos nos trajo la civilización-, Francia o Alemania, países innegablemente del primer mundo, hay muchos güeros, bien de raza superior, que les chilla la ardilla -o como dicen en España, les “canta el ala”-, les rugen las panteras o se les pudrió la cazuela. 

 

Se pensará que lo que percibimos con nuestros sentidos no se juzga, pero, indefectiblemente, nuestra interpretación sensible estará sujeta a nuestras construcciones sociales y culturales y no a códigos universales que, si nos fijamos bien, fueron construidos desde ese norte global racista y colonizador. 

 

Por tanto, el olor no es una marca racial, de clase o de género y debemos rechazar a toda costa contribuir a perpetuar estereotipos al contar chistes o compartir anécdotas que hablan más de nuestras propias malas o buenas experiencias que de verdades universales.