Siempre ha ocurrido. Desde que el ser humano deambula por la Tierra, siempre ha sido un factor constante. Primero el asombro y, después, el miedo ante tal o cual invento que altera y modifica, de forma sensible, los hábitos y costumbres del homo sapiens en este planeta.

El fuego, la escritura, la rueda, la imprenta, la máquina de vapor, el telégrafo, el teléfono, internet, los celulares inteligentes, las redes sociales y ahora la IA. La IA. Solo pronunciar sus siglas ya te mete cierta zozobra en el cuerpo. Inteligencia artificial. Casi nada. La nueva compañera de vida del ser humano que te proporciona, no solo soluciones para tu día a día -presentaciones de trabajo, elaboración de discursos, planteamiento de soluciones a posibles problemas etc…- sino, también, guía y tutoría sentimental, anímica, espiritual etc…

Desde hace unos años, la aplicación Alexa nos indica si va a llover o va lucir un día espléndido, Uber Eats nos trae nuestra comida favorita, de forma rápida a nuestro hogar, Netflix o Amazon Prime nos regalan todo un universo de distracción al alcance de nuestro control a distancia. Las redes sociales como Facebook, X, Instagram o TikTok nos permiten mantener relaciones sociales sin movernos de nuestro sillón, apenas tecleando con dos pulgares.

Finalmente, en todos los casos, ganamos comodidad y, sobre todo, tiempo. Pero tiempo ¿para qué? ¿Tiempo para construirnos mejor, para desarrollar otras habilidades, para consolidar relaciones afectivas?  Parece ser que no. Y es ahí donde entra la IA. Porque la IA se está empezando a constituir en un acompañante anímico, emocional y sentimental, que empieza a ofrecer soluciones y alternativas a nuestro termómetro emocional. Con consecuencias tan tremendas como la incitación al suicidio. Ya ha sucedido.

Sacerdotes, amigos, familiares, psicólogos, terapeutas etc… podrían empezar a quedarse sin trabajo si seguimos confiando en que la IA va a ser nuestro guía espiritual. Nuestro gurú.

En ese sentido el papa León XIV alertó, hace unos días, que el mundo no puede deshumanizarse por ir otorgando mayor poder y facultades a la IA. Un ingeniero británico de una de las principales empresas de desarrollo de IA, Anthropic, Jacob Coxon, presentó, recientemente, su renuncia debido a su preocupación por nuestra falta de responsabilidad, como género humano, a la hora de desarrollar la IA.

La prestigiosa revista Time, en su última portada, tituló ¿Qué tan peligrosa eres”, para indicar que, por primera vez el ser humano ha desarrollado una herramienta que, no solo puede acabar en manos equivocadas -eso ya había ocurrido en el pasado con las armas atómicas, por ejemplo- sino que puede llegar a algo “sin manos”, es decir, a algoritmos que funcionen por libre y que el hombre no pueda ya controlar.

Sin duda el sosiego no llegó con la declaración de Donald Trump. A resultas de esta portada, el presidente de Estados Unidos, afirmó que la IA nunca se saldrá de control siempre que exista, al menos, un presidente inteligente. Como lo es él. Palabra de Donald Trump. Podemos dormir tranquilos.

El propio monarca del Reino Unido, Carlos III, más aficionado a la caza y a las bebidas espirituosas que a los cónclaves analíticos y sesudos, organiza estos días, en Escocia, una suerte de cumbre sobre los peligros de la IA, a la que asisten los principales CEOS de las empresas de este ramo. En las primeras conclusiones no hay acuerdo sobre si se debe azuzar al caballo de la IA o ponerle una brida. 

Ojalá nos pongamos de acuerdo. Ahora sí nos lo jugamos todo. Nuestro porvenir o la ausencia del mismo.

 

Dr. Oscar Tendero García, catedrático de Historia y de Geopolítica internacional. Conferencista. Asesor.

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