Se veía venir.
Y se les dijo.
La foto del lunes por la mañana quiso vender unidad: Andrés Mijes, Tatiana Clouthier y Judith Díaz juntos, sonrientes —o haciendo el intento— y mandando mensajes hacia dentro de Morena.
El problema es que las fotografías también hablan.
Y aquella habló más de molestia que de unidad.
Porque los tres parecen haber descubierto, casi al mismo tiempo, que la candidatura de Morena al Gobierno de Nuevo León puede terminar en otras manos.
Y ahí empezó el ruido.
Curiosamente, las reglas comenzaron a resultar sospechosas justo cuando las encuestas dejaron de resultar cómodas.
Qué cosas.
Una cosa es exigir piso parejo y otra patear el tablero porque las fichas no caen donde uno quería.
El caso de Mijes es el más interesante. Y quizá el más preocupante.
El alcalde de Escobedo aceleró en las últimas semanas para tratar de instalarse en la conversación sucesoria. El problema es que no sólo llegó tarde a la carrera; llegó con equipaje.
Una gestión municipal con claroscuros, la prisa por buscar el siguiente cargo antes de terminar el actual y un pasado priista que, llegado el momento, sus adversarios desempolvarán con enorme entusiasmo.
Tampoco ayuda que no sea originario de Nuevo León ni que su perfil termine de empatar con ese electorado norteño que suele presumir —a veces demasiado— su ADN empresarial.
Pero ésos son problemas electorales.
El político es otro.
Mijes está jugando con fuego.
Porque una cosa es no ser el puntero y otra muy distinta es convertir la frustración personal en un problema para todo el movimiento.
En lugar de sumar, corre el riesgo de convertirse en factor de división dentro de Morena. Y eso sí debería preocuparle a cualquiera que pretenda gobernar Nuevo León.
Porque si hoy no puede aceptar que otros perfiles estén mejor posicionados en las encuestas, ¿qué pasará mañana cuando tenga que aceptar una elección que no le favorezca?
Judith Díaz, por su parte, parece haber decidido poner estructura y capital político detrás del alcalde.
Y luego está Tatiana.
De los tres, quizá quien tenía mayor trayectoria, reconocimiento y peso propio. Pero arrancó dejando sobre la mesa una advertencia bastante peculiar: su permanencia en Morena estaba ligada a sus posibilidades de competir.
Vaya manera de comenzar una contienda.
Primero la candidatura.
Luego vemos lo del movimiento.
La entrevista de Mijes con Azucena Uresti terminó por mostrar hacia dónde puede caminar la inconformidad: si la candidatura no queda entre ellos, entonces habrá que buscar la mano de Samuel García detrás del resultado.
Puede ser.
Pero una acusación así necesita pruebas.
De otro modo, se parece demasiado a preparar la explicación de una derrota antes de que ocurra.
Y ahí está quizá la verdadera dimensión del berrinche: todavía no hay candidato y Mijes ya parece estar buscando al culpable de una derrota que sólo existe en su cabeza.
Los tres están en su derecho de competir, reclamar y exigir transparencia.
Lo que no pueden hacer es pedir unidad cuando ganan y denunciar conspiraciones cuando pierden.
Porque en política también hay que saber contar.
Votos.
Encuestas.
Aliados.
Y, llegado el caso, derrotas.
Aquí entre nos, mientras algunos siguen haciendo berrinche porque la candidatura no parece llevar su nombre, otros ya están pensando en algo mucho más importante: quién puede recuperar Nuevo León para la Cuarta Transformación.
Si ése termina siendo el criterio, que vaya Waldo.
Porque para hacer política no basta con querer la candidatura.
Hay que tener con qué ganarla.
Y de eso, en Nuevo León, ya hay quien sabe.
Porque Clara ya tuvo su oportunidad.
Y ya sabemos cómo terminó.