Nos dice Nathela en su perfil de Substack que hay “una palabra que se repite mucho en internet: cringe. Se usa para señalar aquello que incomoda, que da vergüenza ajena, que no encaja en el molde de lo “correcto” o lo “cool”. Parece banal, pero en realidad encierra un miedo profundo, el miedo a mostrarnos de manera imperfecta en un mundo que vigila todo”. Hoy, semejante concepto se ocupa para calificar la sensación que le da a ciertas personas al observar el fenómeno “Farmear Aura” que, de acuerdo con Pavel Gaona, influencer genial, es hoy un tema revolucionario al escaparse de lo convencional. En pocas palabras, al desafiar lo establecido, que, indefectiblemente traerá como consecuencia que sea calificado de cringe.

Este concepto quizá parezca nuevo, pero en realidad es algo bastante viejo que ha ido cambiando de nombre adaptándose a las épocas diversas. Ya sea que fueras un nerd, inadaptado, metalero o darky, el asunto es que eras segregado, por no ser “líder”, un “cabrón”, no ser “trendy” o “cool”. Nathela nos dice que lo “curioso es que lo que más tememos (el error, lo torpe, lo ridículo) suele ser lo más humano. Cuando alguien se muestra exagerado o incómodo, sí, puede darnos risa o vergüenza ajena, pero también nos recuerda que no somos máquinas perfectas, sino personas atravesadas por emociones, rarezas e inseguridades”. En efecto, en realidad, nadie es perfecto, a todos nos sobra una lonja, nos aparece un párpado caído, o tenemos granos en el cachete; o nos falta nalga, o nos sobra; o tenemos el pecho caído o es inexistente como de pichón. Como sea, si nos fijamos, nadie en verdad podrá cumplir el estereotipo de lo perfecto. Y quien lo logra, ha dedicado millones para parecerse a cualquier cosa, menos a sí mismo.

La verdad es que los que no tienen miedo al ridículo en la farmeada del aura o como se le llame, nos están mostrando que se puede ser feliz siendo quien se es, sin pretensiones virales, sin el rostro o el cuerpo perfecto y sin sucumbir a la tendencia de belleza del momento, ya sea golpearse el rostro con un martillo para lograr una faz perfecta -¡vaya idiotez- o inyectarse tratamientos raros para bajar de peso sin importar los grandes riesgos a la salud y el enorme agujero que tendremos en el bolsillo por hacerlo. Como bien señala Gaona, ser revolucionario hoy quizá es ser cringe, renunciar al uso de la IA o ser saludables sin obsesionarnos con el peso. Abracemos entonces nuestra imperfección y sintamos la maravillosa sensación que experimentamos cuando finalmente aceptamos que nos queremos tal cual somos, aunque provoquemos cringe a cuanto frívolo y superfluo nos encontremos en la red.