La juventud, de acuerdo con la ONU, se ubica entre los 15 y los 24 años. Y, según consta en la página del “Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible 2026”, en “América Latina y el Caribe la población joven es cercana a los 160 millones de personas y, en varios países de la región, su peso relativo continuará siendo significativo en las próximas décadas. Sin embargo, las juventudes enfrentan profundas brechas estructurales que limitan el ejercicio de sus derechos y condicionan sus trayectorias educativas, laborales y de autonomía”. 

 

En efecto, retos que impiden desde ya que alguien en ese rango de edad pueda ver su futuro con toda claridad y con la confianza de que aquello que tuvieron sus padres y sus abuelos, esté garantizado; por el contrario, para ellos, el porvenir es incierto, lleno de dudas y decepciones anticipadas.

 

Para ser alguien allá por el siglo pasado, bastaba con estudiar una carrera, esforzarte bastante y obtener los frutos de esa labor. No obstante, esa era la realidad de las personas nacidas entre los años 50 y los 60; para los nacidos entre los años 70 y los 80, ya la cosa no ha sido tan simple. La descomposición del sueño meritocrático ha sido constante y hoy ya no hay certezas. 

 

Hoy los jóvenes piensan, no sin razón, que ganar dinero es lo más importante y basan todas sus expectativas y decisiones con ese objetivo en mente. Pero, es justo decirlo, las mieles del triunfo difícilmente llegan y cuando lo hacen, generalmente vienen de la mano de la suerte, de ser el primero en hacer algo, como en modelo de pirámide, -sí, ser influencer no garantiza el triunfo- o de heredar. 

 

La Universidad, ya no brinda por sí misma la respuesta que las y los jóvenes esperan, pues quieren que les brinde las herramientas que los haga imprescindibles para el trabajo. Claro está que la Universidad, especialmente la pública, no está para eso y mucho menos va al ritmo que demanda un mundo empresarial cada vez más centrado en los capitales y menos en las personas.  

 

Por tanto, ser joven el día de hoy, es vivir en un desasosiego constante. Urge a como dé lugar que transformemos eso. Ser joven es tener fuerza, ilusión, energía, disposición a aprender en todo momento, crear; ser joven es amar, desear, experimentar; ser joven también es sentir rabia, indignación, enojo, por las injusticias, las disparidades; ser joven es alegría, es inocencia, es frescura

 

Como siempre pasa, convertirse en adulto, es domesticar, amansar y controlar todo eso, hasta transformar esos ímpetus, esa vehemencia, en una complacencia constante del sistema. Ese es el mayor drama de nuestra época: el que existan jóvenes que han perdido la ilusión y adultos que, a la fuerza de adaptarse y moldearse al sistema, se vuelvan cínicos, serviciales y, a su vez, agentes de control de juventudes y emasculadores de espíritus. 

 

Debemos apostar todo a las y los jóvenes y a todo eso que significan, a esa maravillosa incógnita que representan. ¿Qué podrán ser? Lo que les permitamos llegar a ser. Por otro lado, nosotros, los maduros, debemos recuperar esa juventud, dejar de vivir en el método y el deber ser y vivir coqueteando con la entropía. Abracemos la frescura de la vida; permitámonos amar y desear, no importa la edad, no importa la condición

 

Seamos esos jóvenes que, con sonrisa en el rostro, reciben abiertamente al otro sin prejuicio, sin miramientos. Sí, esa juventud es la que debemos rescatar y vivir con y para ella. Después de todo, ellos, ellas y elles son l@s dueñ@s del futuro. Nosotr@s, hoy, somos meros pasajeros en ese viaje. Vivámoslo en conjunto.