Un youtubero bien conocido por sus opiniones hispanófilas -mañosamente estructuradas para sustentar un pensamiento colonial, clasista y racista- [el Zunzu] en entrevista televisiva con un empresario afamado por sus problemas con el fisco [el tío Richi], afirmó que enseñar a los niños de cualquier comunidad originaria primaria o secundaria en su propia lengua, como el náhuatl o el otomí [hñähñu], es condenarlos de por vida, pues, según dice, “en otomí y en náhuatl no puedes ser ingeniero, no puedes ser arquitecto, no puedes ser financiero, no puedes ser banquero, no puedes ser constructor (…) no puedes tener ninguna profesión que el mundo moderno paga y valora…” y el empresario remata con un símil: “y eso me recuerda lo que están haciendo los españoles en Cataluña, los catalanes, que quieren hablar en catalán… ¿y quién chingados les va a entender en catalán?” Ambas afirmaciones son alucinantes por su ignorancia, sí; pero lo son más por su clasismo manifiesto y su racismo descarado.
Lo cierto es que, hay que decirlo, ni son originales, ni son actuales; por el contrario, el racismo lingüístico que exhiben lo ha sido también, a veces de forma velada, a veces manifiesta, por parte de diversos gobiernos mexicanos pre y post revolucionarios. Lo hemos visto en la eliminación oculta de las lenguas originarias en escuelas de diversos niveles o en su persecución abierta por profesores, directivos y hasta funcionarios públicos. También en la falta de traductores en juzgados y fiscalías o en el nulo reconocimiento de lenguas originarias para promociones laborales o académicas, tanto en el sector público como en el privado.
Lo mismo sucede con el derecho al pueblo catalán, el euzkera, el gallego, entre otros, a conservar y fomentar su identidad lingüística y cultural. Decir lo contrario es pretender que se está a favor de la “unidad española”, pero en realidad, se hace gala de estulticia y lisonjería. Por otro lado, considero que la educación debiera traducirse a sus lenguas, en principio, pero debiéramos caminar hacia su adaptación a los usos y costumbres de cada sitio, lengua y cosmovisión. Eso sí sería revolucionario. Por ende, también las profesiones y los oficios debieran adaptarse a esas realidades.
Los dichos de ambos personajes son muestra contundente del discurso ultra, basto, intolerante, simplón y meritocrático, que ocupan ciertos grupos para atacar a los movimientos “progre” que abogan por el respeto a las identidades, los grupos marginados, la justicia social y los Derechos Humanos.
Suelen tener éxito con personas que de por sí ya creen que la normalidad es colonial y que en el mundo deben existir niveles para diferenciarnos, sin darse cuenta de que ellos mismos forman parte de esa masa ingente de personas que ni son oligarcas, ni pertenecen a la nobleza y que son igual de mexicanos como tú o como yo. Es tiempo ya de enorgullecernos de lo que somos, personalmente, y de abrazar al otro y respetarlo, tanto en su identidad como en su persona. Podrán disfrazar sus discursos de pragmatismo y realidad, pero son simple y llanamente racistas.