Para la Agencia de Naciones Unidas para las Infancias (UNICEF), de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, un niño es “toda aquella persona menor de 18 años”. A su vez, afirma que “Todos los niños tienen todos estos derechos, sin importar quiénes sean, dónde vivan, la lengua que hablen, cuál sea su religión, su modo de pensar o su aspecto; si son niñas o niños, si tienen una discapacidad, o son ricos o pobres; y sin importar quiénes sean su padre, su madre y sus familias, ni lo que estos crean o hagan. No debe tratarse injustamente a ningún niño, por ningún motivo” (las negritas son mías).
Más de 190 países miembros de la ONU han ratificado este acuerdo en diferentes momentos. Uno de los que lo hicieron, curiosamente es Israel. Sin embargo, lo que vemos en el conflicto actual entre ellos, Palestina y Líbano, quizá lo que menos han importado son los derechos de la niñez. De hecho, un reporte publicado en junio pasado por la BBC, afirma que en lo que va del conflicto (desde octubre de 2023) “al menos 73.035 personas han muerto en ataques israelíes en Gaza, incluidos más de 21.280 niños, según el Ministerio de Salud gazatí, cuyas cifras son consideradas fiables por la ONU”.
Se podría pensar que se trata de víctimas colaterales del conflicto, pero, de acuerdo con Naciones Unidas, lo que sucede en Palestina es a todas luces un genocidio. Y, para borrar una raza o una nación de la faz de la tierra, una de las estrategias más eficientes es empezar con su niñez.
Sin embargo, para muchas y muchos líderes de opinión, entre los que se cuentan periodistas también, lo que sucede en ese conflicto no es un genocidio y los niños palestinos no son niños si no otra cosa. Ezra Shabot, periodista mexicano, publicó su parecer sobre el tema recientemente en la revista Nexos: “Entre los más de 50 mil palestinos muertos por las acciones de los soldados israelíes destinadas a liberar a los rehenes y destruir el aparato militar de Hamas, encontramos desde miles de combatientes fundamentalistas hasta civiles inocentes pasando por menores transformados en yihadistas, o sea mártires en potencia dispuestos a morir para llegar así al paraíso islámico”.
Esto es, que los menores de edad, es decir, los niños, no son otra cosa que terroristas en potencia. ¿Pero entonces, pensará lo mismo que declaró en una entrevista Moshe Feiglin, exmiembro del Parlamento israelí en 2025?: “El enemigo no es Hamás. Cada niño, cada bebé en Gaza es un enemigo”.
No sorprende que el sionismo israelí piense eso de las y los niños de Palestina, lo oímos constantemente en declaraciones de sus funcionarios o en entrevistas a ciudadanos de a pie. Ya no me sorprende tampoco que el sionismo internacional y sus aliados en la prensa y en la “intelectualidad” más conservadora quieran justificar las acciones de ese país para limpiarles el mote de “genocidio”.
Shabot ya ha tenido su buena tanda de respuestas incluida aquella de Hugo García Marín en el blog de la revista, publicada acaso para paliar el efecto negativo que ha tenido la publicación. Sobre que los niños sean “yijadistas en potencia” nos dice “¿Cómo llegó a esa conclusión? ¿Cuántos menores? ¿Bajo qué criterios? ¿Con base en qué evidencia? Nada de eso se explica. El autor parece poseer una capacidad singular para conocer el futuro moral de los niños. No le basta con describir quiénes eran, generalizando y sin permitir excepciones; también sabe quiénes habrían llegado a ser”.
En efecto, ahí está el centro del problema: el generalizar para abonar a un argumento que, falaz, pretende transformar atrocidades en virtudes. A ti, que lees esto, te invito a que te preguntes qué justifica que miles de niños hayan muerto bombardeados, baleados o por hambre o enfermedades, producto de los bloqueos de ayuda por parte de Israel. ¿Son o no son niños? ¿O son menos niños que los nuestros aquí en México? ¿Merecen ser víctimas de todas estas atrocidades? ¿Tú qué opinas? Te leo en comentarios.