Son recurrentes. En cierto momento parece que ya no habrá más, pero reaparecen siempre. Y hacen daño. Son los terroristas aéreos. Y son especialistas en causar temor, pánico. Pero a 10 mil pies de altura el miedo, el temor y el pánico se metabolizan en pavor. ¿Por qué? Porque en el fuselaje de un avión no hay para donde hacerse, no hay para donde escapar.
Pánico fue lo que sin duda sintieron los casi 180 pasajeros del vuelo de FlyDubai, que despegó de Dubái, Emiratos Árabes, con intención de aterrizar, poco tiempo después, en la capital de Israel, Tel Aviv. Un vuelo rutinario entre 2 naciones que, desde hace un tiempo, han estrechado sus lazos diplomáticos y comerciales -los famosos acuerdos de Abraham-.
Pero la tragedia se instaló en la cabina de mando. En ella un piloto, el presunto terrorista, se hizo con los mandos de la aeronave luego de apuñalar a su compañero de cabina, un piloto de nacionalidad india. La víctima logró abrir la puerta de la zona de mando y, a voces, pidió auxilio. Varios pasajeros se lanzaron raudos hacia la cabina, redujeron al agresor, lograron estabilizar, en lo posible a la víctima, y, milagrosamente con la intervención de un pasajero israelí que era piloto -llamado Yaniv- y logró enderezar la nave, aterrizaron -de emergencia, obviamente- en el aeropuerto de Tabuk, en el noreste de Arabia Saudita. Sanos y salvos.
Un auténtico milagro porque la aeronave, mientras estuvo en manos del terrorista, descendió miles de metros -se habla de 4 mil- en apenas un minuto. Un poco más de tiempo y la capacidad para enderezar el rumbo hubiera sido estéril.
Poco tardó en sacar la consabida ventaja política el ministro de defensa de Israel, Israel Katz, quien afirmó que gracias a valor de los 166 pasajeros israelíes que iban a bordo -el resto eran de otras nacionalidades-, se logró abortar un intento más de socavar la seguridad judía, por parte del terrorismo yihadista internacional. El primer ministro Benjamín Netanyahu refrendó dicha postura.
Estupor pues, no solo entre el pueblo de Israel sino también en la opinión pública internacional. ¿No es cierto que tenemos mayor seguridad en el transporte aéreo desde los terribles atentados de las Torres Gemelas en septiembre de 2001?
Desde luego ya no vivimos en el escenario terrorífico de los famosos atentados de la segunda parte del siglo XX. Cómo olvidar el fatídico atentado contra el vuelo 103 de Pan Am, en 1988 perpetrado por unos terroristas libios, que cercenaron la vida de 270 personas, explotando en el aire y desplomándose sobre la localidad de Lockerbie, Escocia.
O el siniestro -casi magnicidio, porque la intención era asesinar al presidente colombiano de aquel entonces, César Gaviria- llevado a cabo por el cártel de Medellín, en 1989, derribando un avión de Avianca, en las cercanías de Bogotá, Colombia, acabando con la vida de más de un centenar de personas.
Sin duda los atentados de los cuatro aviones que se estrellaron contra posiciones estratégicas y simbólicas de la costa este de Estados Unidos, el 11 de septiembre de 2011, fueron el punto de inflexión, a nivel mundial, para establecer unos estándares de seguridad que han inhibido un alto porcentaje de comisión de atentados. No obstante, las exhaustivas revisiones a las que se somete cualquier ciudadano que quiere tomar un vuelo, no garantizan el 100% de la seguridad a bordo.
¿Cuál es por tanto la solución? ¿Policías a bordo vestidos de paisano? No parece viable en estos tiempos en los que las aerolíneas pierden dividendos y quieren abaratar servicios.
Tiempos inciertos para la seguridad. Y ahí arriba, lo incierto muta rápido en pavor.
Dr. Oscar Tendero García, catedrático de Historia y de Geopolítica internacional. Conferencista. Asesor.
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