Alteridades | Odio
Nos dicen los de Depeche Mode en su canción “People are People” que “…es obvio que me odias, aunque no he hecho nada malo… no te conozco, así es que ¿qué podría haberte hecho?” En efecto, ¿por qué odiamos a alguien que ni conocemos y que no nos ha hecho nada malo? ¿De dónde sale ese sentimiento de repulsa hacia alguien?
Alejandro Brito, en su artículo “Tipologías del Odio, ¿qué es lo que mueve una persona a odiar a otras?”, publicado en el portal de Letraese, extiende estas preguntas de esta manera: “¿Qué motiva al feminicida a ultimar a quien tanto amó?, ¿qué, al macho a agredir a un homosexual?, ¿qué, al sujeto solitario a descargar su arma contra una colectividad?, ¿qué, al grupo religioso o supremacista a considerar como amenaza a otros grupos sociales? El odio puede tener múltiples rostros, pero todos ellos expresan el deseo de destrucción”. Claro, no todos los odios logran la destrucción del objeto y del sujeto odiado. La mayor parte de las veces, simplemente se queda en las palabras o en el sentimiento.
No obstante, el mundo de hoy parece mostrarnos que lo destila en expresiones cada vez más diversas y muchos de los líderes actuales -de partidos políticos, de opinión en medios o en redes sociales, de iglesias y grupos religiosos, de gobiernos enteros- han desarrollado todo un andamiaje de discursos de odio que los abrigan para tener éxito, amasar grandes fortunas o medrar políticamente.
Odiamos por religión, odiamos por género, odiamos por convicción política o por la falta de esta; odiamos por raza y clase; odiamos por educación o porque no existe; o simplemente odiamos porque es normal odiar. ¿Es normal o lo hemos normalizado? “Organizamos la realidad a nuestro modo -nos dice Brito-, proyectando nuestros valores sobre los objetos (personas, cosas, animales, nosotros mismos) existentes. En este sentido, el sujeto que odia, en realidad odia la imagen que se ha creado del objeto o persona motivo de su odio. Nadie es en realidad como nos lo figuramos. De alguna manera, el odio crea al objeto odiado”.
En verdad, nuestro odio es socialmente aprendido y quizá desde muy pequeños, por más duro que suene, aprendemos más a odiar que amar. Odiamos porque nacemos en familias con odios inconmovibles y simplemente los heredamos; pero cuando nos percatamos y renunciamos a ellos, entonces recibimos sus odios y el de muchas otras personas al hacerlo. De hecho, al escribir estas líneas y las de otras de mis columnas dedicadas a las masculinidades, a la cultura, a la historia, cosecho odios que ni siquiera sabía que existían, precisamente por denunciar estos odios y sus consecuencias.
Pero ¿es un destino fatal el odiar o hay una salida? Bueno, quizá la medicina más eficaz en contra del odio sea la empatía o, como dice Bajtín, la vivencia, es decir, colocarse en el lugar del otro, reconocerlo como otra existencia que, al igual que yo, tiene derecho a existir. Como diría Carlos García Gual, citado por Brito, “El odio se desvanece ante la imagen del otro como uno mismo, o como alguien semejante, un ser humano sometido al dolor y al destino”.



