Alteridades | Compasión
Dos asuntos me llevan a la reflexión de hoy: por un lado, la imagen de Itamar Ben-Gvir, ministro israelí de Seguridad Nacional, que sonriente, posa con el pastel que su esposa le regaló para celebrar su cumpleaños número 50. En la imagen se nota que el pastel ostenta como adorno una soga de ejecución y la leyenda “a veces los sueños se hacen realidad”, según recoge la nota de La Jornada que da cuenta del suceso. El ministro, su esposa y los asistentes al evento, de esa manera, celebraban su onomástico a la par de la aprobación en el parlamento israelí de una legislación que permite ejecutar por esa vía a los “palestinos condenados por ataques mortales”.
La imagen se me quedó grabada en la mente, con un dejo lo mismo de indignación que de profunda decepción. Nuestro presente nos demuestra que hay gente en este mundo capaz de cualquier atrocidad y de celebrarlo con total impudicia e impunidad. En contraste con tan deplorable imagen, tuve hace unos días la cercanía con algunas reflexiones provenientes del budismo tibetano. En una fantástica experiencia en que compaginé meditación con reflexión, abordamos el tema de la compasión como un pilar fundamental del pensamiento de Buda.
En palabras del Dalai Lama, en su libro “El arte de la Compasión” (1999), aunque “pueden diferir en los puntos de vista filosóficos y en los ritos tradicionales, el mensaje esencial de todas las religiones es bastante parecido. Todas abogan por el amor, la compasión y el perdón, valores humanos básicos cuyas virtudes son apreciadas incluso por aquellos que no se definen como creyentes. (…) Cuando nuestro interés se centra en los demás, en nuestro deseo de liberarlos de su desdicha, entonces hablamos de compasión. (…) Sin embargo, solo habiendo llegado a reconocer nuestro propio estado de sufrimiento y desarrollado el deseo de salir de él podemos tener la voluntad sincera de liberar a otros de su desdicha”. En efecto, justo así entendí la compasión, como esa búsqueda por la liberación y la idea que me pareció más poderosa fue la de liberarse, a través de la compasión hacia uno mismo.
El origen de esta columna es la reflexión sobre las alteridades, sobre las otras, los otros, les otres, en su reconocimiento como entes, como seres humanos, en una conjunción en un ser colectivo al que pertenecemos todos; pero, es necesario decirlo, también es la reflexión sobre mi propio reconocimiento en los demás y sobre la difícil aceptación de que soy gracias en gran medida a quien soy en conjunto con esa maravillosa colectividad que es la humanidad.
Si no reconozco mi desdicha, producida por años y años de pertenencia a este mundo repleto de desigualdades, meritocracias, violencias y discriminaciones, y no me compadezco en consecuencia, difícilmente podré emprender la compasión hacia los demás.
Me queda claro que personas como Ben- Gvir no han reconocido su propia desdicha y, por ende, no la han comprendido; no guarda compasión por sí mismo y, por lo mismo, tampoco lo hará con las colectividades contra las que lucha con ahínco y un más que evidente e implacable odio. ¿Acaso será que el odio que guarda sobre sí mismo lo impulsa a odiar a los demás a ese grado? No sé si logre en algún momento tener compasión por alguien como él, pero estoy esforzándome por tenerla conmigo. Quizá, con el tiempo, logre proyectarla hacia los demás.



