Alteridades | Glotofobia
En una publicación de AJ+espanol, el canal de Al Jazeera para el público de habla hispana, se discute un término interesante: la glotofobia (o lingüicismo) que, según la lingüista española Lourdes de la Rioja es la “discriminación por motivos lingüísticos” y que, abunda en su portal en la red, citando a Tove Skuttnabb- Kangas, representa “ideologías, estructuras y prácticas empleadas para legitimar, efectuar, regular y reproducir un reparto desigual del poder y los recursos (tanto materiales como inmateriales) entre grupos definidos en función de la lengua”.
Efectivamente, se suma a todas las maneras que tenemos de discriminar -por raza, por clase, por orientación sexual, por género- la lingüística y que se convierte en una de las formas más visibles -o audibles, en este caso- de enfatizar las diferencias. Es muy frecuente que alguien que provenga de nuestras comunidades originarias en el país, hable el español con cierto “acento” o “deficiencias” que saltan al oído de inmediato. Entonces, viene el pitorreo de compañeros de escuela, amigos y de cualquier persona que les atienda, sea en el camión, en la tienda, en algún trámite gubernamental y prácticamente en todos los aspectos de la vida cotidiana. Habrá quien lea esto que diga “es que es broma” y hasta se convenza a sí mismo de que no discrimina; sin embargo, para la persona afectada, ni es divertido, ni cómodo.
Para explicar este aspecto a mis alumnos suelo decirles: “es exactamente como ustedes hablan alemán, inglés o francés”, es decir, si los hablamos, necesariamente lo hacemos con acento, con “incorrecciones” e incluso, con estructuras mentales diferentes. Porque, por si no se habían dado cuenta, lengua es pensamiento, es cosmovisión; esto es, que nuestras lenguas se estructuran básicamente en torno a la forma en que vemos y comprendemos el mundo. Esto es particularmente cierto en lenguas que “aprenden” de su intercambio cotidiano con otras y “acumulan” saberes dentro de sí mismas, lo que se ha denominado lenguas “aglomerantes” que son aquellas que integran elementos diversos (morfemas) a sus palabras para producir nuevos sentidos. Ejemplos son el húngaro, el turco, el japonés, el coreano y, en nuestro país, el náhuatl, el maya, el mixteco, entre muchas otras.
Discriminar a alguien por la lengua que habla o porque habla “mal” la lengua “dominante” es lo mismo retrógrado, que ignorante. Y, por supuesto, esta discriminación también viene acompañada del racismo pues, salvo que haya fenómenos de gentrificación, a los güeros se les suele perdonar que no pronuncien bien el español, incluso se les aplaude por el “gran esfuerzo” que hacen. México, como América Latina toda, sufre de su pasado colonial y la glotofobia es una realidad dolorosa que aplicamos de forma vertical a nuestras comunidades; sin embargo, cuando intercambiamos o trabajamos con gringos, canadienses o de ciertos países europeos, terminamos siendo discriminados de la misma manera pues no hablamos “bien” su lengua. Les ha pasado a conocidos de alto nivel en empresas gringas o de otros lugares, en donde se disfraza el racismo detrás de la crítica a su falta de “dominio” de la lengua, así es que no es un tema privativo de los migrantes que trabajan en el campo.
Hay que añadir aquí aquellas variaciones de lenguaje y modismos (jerga) que denotan identidad de grupo, de barrio o regionales. Por ejemplo, se asume el hablar “fresa” como una manera de identificación aspiracional con las “elites” y se critica el hablar coloquial de ciertas zonas de la ciudad de México, entre otros sitios, por ser bien “chaka”. Tons’ Cámara carnal, ¿qué le corres? Si ya te la sa’ pa’ qué te la pla’… ¿ya ves padre?, ¿a quién haces menos o qué? ¿Nomás porque no habla como tú princeso? ¡Naaa, se me hace que tuntún nomás le haces al Maximiliano, y se te olvida que vives debajo del río Bravo!



